“Mi hijo no come nada Dr., fíjese que no le da hambre, por él pasaría todo el día viendo tele o jugando…”

Una queja común al momento de tratar con las mamás y sus hijos, es el hecho que los niños en general comen menos de lo que se espera de ellos. Son excepcionales los menores que se comen siempre todo y piden más. Esto genera una ansiedad enorme en las mamás que tienen el concepto, en forma inconsciente (porque lo queramos o no es parte de nuestra cultura), que un niño gordito y lleno de rollitos, es sinónimo de un niño sano. Mas aún, la primera pregunta que se le hace a alguien que ha bajado de peso es ¿Qué te pasó? Implicando grandes catástrofes en la vida como divorcio, muerte de familiares, grandes enfermedades, etc. Existen los Gordos Felices, pero son pocos. La contextura física natural de un niño debiera ser respetada, no se le puede pedir al hijo de dos padres delgados que sea redondo y rechonchito aparte, probablemente, del periodo de lactante. Desde que empiezan a comer comidas, se delinea su estructura nativa a no ser que se les alimente de cereales o bebidas gaseosas a discreción. No se trata de tener solo niños flacos, van a haber niños mas gruesos y otros delgados, pero el margen de variación va a ser mucho menor si respetamos su naturaleza y les enseñamos a comer bien.

La mejor forma de quitarle el hambre a un flaco es darle algo entre comidas, “es que como no ha comido nada, para que no pase de largo, el pobrecito…”. Fatal, la próxima comida se va a enfriar en el plato, igual que la previa. A su vez, la mejor forma de abrirle el apetito a un gordo es darle algo entre comidas, solo va a pedir más y más, y a la hora de comer, inicialmente, no va a tener mucho apetito, pero a medida que come o con el aroma se va a entusiasmar y se lo va a comer todo. Es que somos diferentes unos de otros y frente a estímulos similares podemos responder diferente.

Todos tenemos un “reloj interior”, un marcapaso biológico que nos dicta muchas cosas, sin saber la fecha ni la hora como, por ejemplo, en qué momento empieza la pubertad en un individuo específico. Ese mismo reloj dicta en qué momento crecemos más rápido y en cuál más lento. Aparentemente, y condicionado a que no existe evidencia científica que lo demuestre, (sin embargo es casi evidente), este mismo reloj interno hace oscilar nuestro apetito, la cantidad de hambre que tiene un niño, de forma tal que antes de iniciar un período de crecimiento rápido, el apetito crece y el niño de repente “se puso bueno para comer”, lo que puede durar 2 o 3 meses, a veces más y al aliviar la tensión de la madre, puede que deje de consultar al respecto. Pero, asimismo, luego vienen meses de menor apetito y menor velocidad de crecimiento longitudinal, sin mediar enfermedad.

Por todo lo mencionado, es que la mejor forma de mantener a un niño comiendo bien es, al igual como nos enseñaron nuestros padres y abuelos; si el niño no quiere comer, bien, sin estrés, que no coma, pero no come nada. Puede tomar agua, si tiene sed, nada más, nada de postrecito ni un huevito frito, nada. De esta forma a la próxima comida va a tener hambre, si no la tuviera, nuevamente la misma conducta, lo difícil es ser firme y consistente al momento en que realmente le dé hambre, porque se puede quejar incluso de dolor de estómago, y la necesidad imperiosa de comer, pero tendrá que esperar hasta la próxima comida. Es evidente que cuesta mucho ser duro frente a los hijos, sin embargo, en este preciso punto, mientras más firmes seamos al principio, menos problemas vamos a tener en el futuro desde el punto de vista alimentario.

A los dos o tres años, los hábitos alimentarios ya están definidos, pero todavía son modificables. Cabe mencionar al respecto que ser firmes al principio es una forma de inversión. Intentar cambiar los hábitos a los 8 años puede ser una tarea muy difícil, y a los 14, una odisea.

Por todo esto, en términos de hábitos alimenticios, si vamos a modificar algo:

1. Mejor ahora que después

2. Tengamos en cuenta la aparente contextura natural del niño

3. Mantengamos la conducta decidida.

4. Involucrar a todos los que cuidan al niño.

5. Conversarlo con el Pediatra.punto

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